La amistad

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“Veinte minutos más tarde Carlos entraba por la puerta de casa para descubrirme aún desnudo y sentado en la cama mirando la pared de mi habitación. No me di cuenta de que estaba allí hasta que se arrodilló delante de mí y me levantó la cabeza suavemente para que le mirara.

-¿Estás bien? – me preguntó en voz muy baja.

Negué con la cabeza.

-No puedes quedarte aquí sentado y desnudo toda la noche, vas a coger frío.

– Me da igual. Mi vida está acabada, Carlos. ¿No lo entiendes? Nadie va a quererme, nadie va a querer estar conmigo por mi maldita enfermedad… La vida ya no tiene ningún sentido para mí, para qué voy a vivirla…

-No digas eso ni en broma, Rubén. Yo estoy aquí, ¿de acuerdo? Estoy aquí y te quiero.

-Tú eres mi amigo, yo hablo de amor, de amor de verdad, no de amor fraternal.

-Da igual qué tipo de amor sea, ¡joder! Hay gente allí fuera que te quiere mucho, yo, tus amigos, tus padres…”

(páginas 94-95)

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